lunes, 29 de septiembre de 2014

Caperucita por todos lados

El sitio Marketing Directo juntó "42 tiernos, y no tan tiernos, anuncios protagonizados por Caperucita"

Les mostramos algunos (si quieren verlos todos pueden pasar por AQUI)








Recuerden que se viene en nuestra librería el Curso de Introducción al estudio de Caperucita Roja.
+ info: http://loslibrosdelvendaval.blogspot.com.ar/2014/09/informacion-y-contenidos-sobre-el-curso.html

Un tecito y una lectura / anécdota



Desde "El caso Bornemann" por Leila Guerriero (revista La Nación, 24 de septiembre de 2000) vía Imaginaria:


"—¡Bornemann, Elsa!
—Presente, señorita.
—Muy bien, ¿nos puede decir el nombre de su mamá?
—Sí.
—A ver, díganos.
—Blancanieves.
La carcajada de todo el grado no le hizo mella, ni entonces ni después. Cada una de las veces en que la maestra preguntó, ella respondió lo mismo. Que su mamá se llamaba Blancanieves Fernández, y que era cierto.
'Cada vez que yo decía Blancanieves, todos empezaban: Ja ja, la mía Caperucita, la mía Cenicienta. Se creían que era un invento.'
Pero no. Blancanieves Fernández es morena, descendiente de portugueses y españoles, casada —a disgusto de ambas familias— con el alemán, de Hannover, Wilhelm Karl Henri Bornemann, relojero y campanero venido y quedado para colocar reloj y campana del Concejo Deliberante.
'Papá vino con otros alemanes en la época de Yrigoyen, pero en 1930 los agarró la revolución de Uriburu y no les quisieron pagar, entonces los compañeros volvieron a Alemania y lo dejaron a mi papá para que cobrara.'
Colocando otro reloj en Harrod's, Henri se cruzó con Blancanieves que salía de la tienda bambolenado su morenez del bracete de una amiga. Henri no pudo resistir el resbaloso encanto latino. El resultado fueron tres hijas mujeres, incluyéndola a Elsa, la menor de todas."

domingo, 28 de septiembre de 2014

Libros que florecen



No hay dudas, llegó la primavera, los sentidos se nos llenan de colores y aromas variados, e incluso sonidos renovados con los cantos de los pajaritos. Con este espíritu flotando en el aire se nos aparece (una vez más) una selección de libros- álbum que nos invita justo a eso, a florecer. 
 
Libros que hablan sobre el arte, la filosofía, la libre expresión, el juego y la alegría. Que nos hacen cosquillas en las fibras más sensibles para recordarnos una de nuestras grandes capacidades (quizás la más humana): ¡El poder de crear! 
 
Y sí, la verdad es que estos títulos nos encantan, porque además de la delicadeza que ya reconocemos en este género editorial, esta selección en particular trae consigo una gran cuota de felicidad, y nos anima a sacar lo mejor de nosotros y a gritar bien fuerte: ¡A expresarse se ha dicho!



La reina de los colores, Jutta Bauer. Ed. Lóguez
Esta es la historia de una reina que tiene el poder de ordenarle a los colores que jueguen con ella.
Y que además, se deja tomar por el carácter de cada uno, por la suavidad del azul, la intensidad del rojo, el brillo del amarillo, la inmensa tristeza del gris…
Una reina que absorbe el mundo que la rodea y desborda su mundo interno hasta llorar lagrimas que limpian, aclaran, ordenan y le permiten volver a crear.
Una reina que puede ser la hermana de la autora (como insinúa la dedicatoria) o cualquier niño o niña.
O incluso alguno de nosotros, quien se anime a jugar y a sentir.



Pintores, Seung-yeoun Moon (tex) y Suzy Lee (ilust). Ed. Libros del zorro rojo.
En Pintores, el tiempo que tarda en llenarse la bañadera es suficiente para que dos hermanos creen grandes historias y mundos de colores con sus pinceles, para justificar que “sólo deben bañarse quienes están sucios”.
Una vez más esta ilustradora, a través de sus personajes hechos de trazos simples pero con mucha personalidad, nos muestra la magia que puede desplegarse en cualquier acto cotidiano, si dejamos que participen el juego y la imaginación.
 



Cuando todos regresaron más pronto a casa, Isabel Pin. Editorial: Lóguez
Una anécdota familiar, el día en que Tom pintó un cuadro en la escuela que preocupó a los adultos e hizo que todos corrieran a casa a ver qué sucedía.
A través de las páginas, experimentamos el desconcierto al igual que el protagonista de la historia. El niño piensa “parece mi cumpleaños, todos vienen a visitarme”, pero la escena se asemeja más a una enfermedad que a un festejo, hasta el doctor es convocado a conocer el dibujo, el síntoma.
Las ilustraciones refuerzan la sensación de incomprensión, todo se ve desde un punto de vista cenital, la mirada de un grande que enfoca al niño desde arriba, viéndolo como un ser diminuto y extraño.
El relato pone de manifiesto una maniobra complicada y bastante frecuente en la relación adultos- niños: la estigmatización. Esa enorme telaraña de suposiciones, predicciones y vaticinios que se teje ante un hecho que amenaza con ser diferente, pero que se disuelve de inmediato ante la pregunta por la intención del otro.



El juego de las formas, Anthony Brown. Ed. Fondo de cultura económica.
Anthony Brown es quizás uno de los autores más prolíferos en el mundillo de los libros álbum, con más de 35 libros editados, reconocimiento internacional y aceptación de amplios públicos: bebés, niños, jóvenes, padres, educadores y críticos.
En este ejemplar, dedicado de lleno al arte en su versión más clásica -una visita familiar al museo- nos propone jugar de muchas maneras (¡formas!):

1.       A lo largo del libro encontramos múltiples juegos gráficos que se nos proponen como lectores. Desde chistes y consignas para interactuar, referencias intertextuales a pinturas, ilustraciones o películas famosas; hasta otros más sutiles, como el cambio de colores a través de las páginas o el uso de los márgenes, para representar la distancia que siente cada integrante de la familia durante la visita con las obras.
2.       Por otra parte, tenemos el juego que se propuso él mismo como autor. El libro comienza con un testimonio de su experiencia reciente dentro de un programa educativo en un museo de Londres, y luego un autorretrato en su rol de ilustrador acompañado de un texto que anticipa que todo lo que vendrá pertenece a sus recuerdos de la infancia. Así, Anthony se plantea un juego a sí mismo, el de construir una nueva historia con los fragmentos de su propia experiencia.
3.       Otro de los juegos presentes es el que las propias obras del museo exponen a los visitantes. Nosotros (los lectores) los experimentamos a través de los protagonistas que, lenta y progresivamente, se prestan a estas invitaciones y se dejan atravesar por las emociones que cada cuadro les ofrece.
4.       Por último, el juego que da nombre al libro y que la madre les enseña a sus hijos de regreso en el tren: “El juego de las formas”, en el que (por si quedaba alguna duda) se sella y se confirma: el arte nos trans-Forma.
¡Y seguro, quien se anime a jugar, encontrará más juegos en estas páginas!




Frederick, Leo Lionni, Ed. Kalandraka
Frederick es un ratoncito que, mientras su familia se dedica a juntar alimentos, leña y víveres para el invierno, se detiene a soñar, pensar y contemplar. Todos lo menosprecian, hasta que en las noches frías de invierno sus recolecciones comienzan a cobrar mucho valor.
Un clásico de Leo Lionni, que remite a la fábula de la cigarra y la hormiga, en la que lo importante es guardar en épocas de abundancia para los momentos de escasez. Pero en este caso la moraleja es aún mejor: “La poesía (las palabras, los colores, las sensaciones), también es alimento.”


 


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